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La Obra de Dios: Nuestro compromiso

52cc664b0267fQue Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 2 Cor. 5: 19.

No importa cuán grandes sean la preparación, el conocimiento o la sabiduría de un hombre; a menos que sea enseñado por el Espíritu Santo será excesivamente ignorante de las cosas espirituales. Puede tratar con la verdad en forma tal que sea poco el beneficio que obtenga de la misma para su vida interior.

Dependa enteramente de Aquel que es capaz de proteger a las almas colocadas bajo su cuidado, que es capaz de imbuirlas con su Espíritu, de llenarlas de amor desinteresado hacia los demás, capacitándolas así para ser testigos de que El envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. . .

Toda verdadera abnegación tiene su raíz en un afecto tan profundo por el Señor Jesús que hace que sea fácil y placentero llevar su yugo, e induce a los hombres a imitar su mansedumbre y humildad. . .

Los siervos de Dios tienen una obra en común. Su tarea ha de ser convertir ha de ser convertir a la gente a la verdad pura de la palabra de Dios. No deben atraer a los hombres a sí mismos, de modo que éstos repitan todo lo que ellos dicen y ejecuten toda sugerencia que puedan hacer.

Cristo es el fundamento de toda iglesia verdadera. Todos los que son atraídos a una nueva fe deben ser fundamentados en El. Deben mantenerse en las mentes las verdades claras y sencillas del Evangelio. La gran verdad central del Evangelio, alrededor de la cual se agrupan todas las verdades, es la de Cristo crucificado como expiación por el pecado. Todas las otras verdades son tributarias de ésta. Todas las verdades, correctamente comprendidas, derivan su valor e importancia de su conexión con esta verdad. El apóstol Pablo hace que ella se destaque con dignidad real. Apela a las mentes de todos los maestros de la Palabra para que comprendan la importancia de señalar a las almas a Cristo como el único medio de salvación. “Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gál. 6: 14).

Ningún hombre debe tratar de dominar otras mentes. Dios mismo es el Fundador de la Iglesia, y tenemos la inalterable promesa de que El acompañará con su presencia y protección a sus fieles que caminen en armonía con su consejo. Hasta el fin del tiempo, Cristo ha de ser el primero. El es la fuente de vida, fortaleza, justicia y santidad. El es todo esto para los que llevan su yugo y aprenden de El cómo ser mansos y humildes. No tolerará la autoexaltación.

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